Don Pablo, sí señor, “Don”, como si fuéramos de la realeza española o súbditos de la misma, así nos ha obligado la norma desde que me conozco, o mejor, desde que llegué a este planeta, dirigirme a personas mayores, etc., debe tener esta connotación.
A un personaje con un inconsciente complejo de superioridad, se le ocurrió escribir una cartilla o manual de urbanidad, y fuimos tan ignorantes, que nos obligamos a seguirla para aparentar buenos modales y así es con todo.
Ha habido muchos personajes con las mismas ínfulas que han aterrizado en este planeta, no se les puede señalar o culpar de ninguna manera por sus actos, pero que sí, nos han hecho el paso por esta tierra, algo tormentosa, ¡de seguro que sí!
Volviendo a Pablito, lo conocí gracias a mis andares, Pablito cumplió 90 años como terrícola, las primera palabras que me dirigió venían precedidas por la palabra, “Don”, y así fue como tertuliando me narró que a punta de castigos le tatuaron el “MANUAL DE URBANIDAD Y BUENAS MANERAS DE CARREÑO”.
Pablito y yo en este mismo instante logramos comunicarnos naturalmente y sin tatuajes.
Fuimos a almorzar y disfrutamos sin seguir las normas de urbanidad dictadas en 1853 por dicho manual, nos divertimos y disfrutamos de los alimentos de forma alegremente saludable.
Pablito es una persona de campo, de esos miles que a las 4 de la madrugada ya están ordeñando, sembrando o recogiendo la cosecha, me cuenta que se iba descalzo al pueblo con sus zapatos nuevos en la mochila, para que no se le gastaran, ya en la tienda de pueblo se los ponía, mientras tanto los mayores le ofrecían una cervecita y aunque solo tenía 10 añitos, los mayores lo trataban como un hombre, así creció Pablito.
Con Pablito caminamos hasta el pueblo, donde lo esperan sus amigos en “El Pingüino”, así se llama el punto de encuentro, donde goza degustando unas cuantas “politas” como suele llamarse coloquialmente a la cerveza.
Él con sus noventa y yo con los míos.
Pablito tiene un lindo ritual, pide su cerveza y el mesero que ya lo conoce, junto con la cerveza le traen un tenedor, y con la habilidad que adquirió desde niño, destapa la cerveza haciendo palanca, con el tenedor y el dedo índice de su mano izquierda, lo dejo tertuliando con sus amigos y voy a recorrer el pueblo, el pueblo es bonito y sencillamente cálido, casi puedo asegurar que todos se conocen y se llaman por su nombre de pila o apodos.
Ya caminando de regreso a la casa de Pablito, él, inmaculado, impoluto, con paso firme, me va narrando sus historias, el afán, ni ronda por los alrededores, podemos escuchar como crujen las hojas secas que vamos pisando en el camino, recorremos un par de kilómetros, el calor nos abraza, pero ni una gota de sudor.
A sus 90 y con historias enmarcadas en el manual de urbanidad, que no le han permitido reconocer el presente, vamos caminando y programando un nuevo reencuentro para mañana en "El Pingüino”.
Ya han pasado unos meses que no nos vemos, él, en su casa de campo y yo en la ciudad.
Me acaban de contar que a Pablito, a sus 90 años, sus hijos lo llevaron al médico, y como era lógicamente absurdo, el Dr. le prohibió la “polita”, la cerveza y la tertulia en "El Pingüino”, ahora solo toma un sin número de medicamentos, a las 6 y a las 9 de la mañana, a las 12 del mediodía, 9 y 11 de la noche.
Gracias Pablito.
Buen viaje

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